Hacia la aprobación pontificia del SCV

Uno de los acontecimientos más importantes en la historia del SCV es su aprobación pontificia, dada por San Juan Pablo II en Roma el 8 de julio de 1997, tres años después de la aprobación diocesana dada por el Cardenal Augusto Vargas Alzamora, S.I. Solo tres años bastaron para “preparar el terreno” para que el Papa aprobara el SCV y con esto diera a la sociedad privilegios propios de esta categoría e independencia con respecto al episcopado local. Es decir, antes del 8 de julio de 1997 el SCV dependía en aspectos importantes de su gobierno y desarrollo del Arzobispo de Lima.

La relación de Figari con el Cardenal Augusto era buena y sabía que, de cuanto él dependiera, tendría el camino allanado para la aprobación pontificia; sin embargo, el arzobispo cumplía 75 años el 9 de noviembre de 1997 y tendría que presentar su renuncia de su cargo al Santo Padre al día siguiente, es decir, el 10 de noviembre. Lo usual es que el Papa acepte la renuncia después de un año de haber sido presentada —como una muestra de gratitud y reconocimiento por su labor— aunque, en caso de salud o de mala labor, la renuncia puede ser aceptada inmediatamente. Barajadas las opciones, las autoridades del SCV —todos discípulos muy cercanos a Figari— vieron que lo más conveniente era presentar los trámites para la aprobación pontificia lo más pronto que fuese posible, después de recibida la diocesana; puesto que, se oían rumores que el próximo arzobispo de Lima sería el hoy Cardenal Cipriani, en ese entonces arzobispo de Ayacucho y persona poco cercana al SCV.

Dado que entre los requisitos para que Roma aprobase al SCV era necesario el buen parecer de varios obispos, Figari y compañía no podían jugarse la suerte del proceso de aprobación para el tiempo en que fuese el Cardenal Cipriani el arzobispo de Lima o esperar a la posibilidad de perder las buenas relaciones que tenían con varios obispos dentro y fuera del Perú en ese entonces, cuando no habían salido a la luz los escándalos sexuales ni de otra índole que se cometían en el SCV. Por ese motivo, se inicia una carrera “a toda máquina” para alcanzar los requisitos necesarios para ser aprobados.

En octubre de 1995 se realiza el quinto congreso de la reconciliación, con la finalidad de convocar en Lima a grandes personalidades de la Iglesia, de Roma y Estados Unidos, entre otros, para “reflexionar” sobre la reconciliación ante la próxima llegada del año 2000, para el cual aún faltaban 5 años. Este tipo de eventos era la ocasión perfecta en la cual los discípulos de Figari, incluido él mismo, hacían lobby entre los notables invitados, para ir cultivando las importantes y necesarias amistades eclesiales; en este caso, el objetivo estaba fijado en preparar el terreno para la esperada aprobación pontificia.

Para este tipo de eventos Joroco se esforzaba en preparar suculentos banquetes, con la finalidad de agradar a los cardenales y demás distinguidos comensales de las mesas de Figari. Como anécdota, recuerdo que al Cardenal López Trujillo (colombiano) le encantaban las conchitas a la parmesana y un sacerdote sodálite movió sus contactos para conseguir las mejores conchas que se producían en el Perú, las que preparé como se debe para este invitado de honor, de gran influencia en la Iglesia de Latinoamérica. En otras ocasiones se rindieron semejantes atenciones al Cardenal Stafford, Monseñor Aguer, Cardenal Norberto Rivera, entre otros.

Los grandes invitados de aquel congreso de la reconciliación serían quienes apoyarían luego la aprobación pontificia del SCV, pues se habían llevado una gran opinión de ellos en este evento y habían visto una buena “vitrina” preparada por el SCV. Ojo que esta expresión “vitrina” la usaba el mismo Figari cuando le entraban dudas de si lo que veían desde fuera de la institución correspondía o no a la realidad.

Otros elementos preparatorios para la aprobación pontificia “súbita” fueron los incrementos en las cifras de sodálites y vocaciones, en particular en los profesos temporales y perpetuos (equivalente a votos en los religiosos). Mi proceso para realizar la profesión temporal fue acelerado y el de otros sodálites de mi generación para realizar su profesión perpetua también fueron acelerados. De manera que las cifras de profesos crecieran convenientemente para ser vista desde Roma como un signo de “maduración” de la comunidad. Un aumento semejante se aprecia en los aspirantes o aprendices (como los he llamado), así como en las comunidades que son fundadas en este tiempo. Todo esto dio una falsa impresión de madurez que las autoridades del Vaticano se compraron muy bien.

Saben, me gustaría que nada de esto fuera así y que realmente el “dedo de Dios” haya estado puesto en el SCV desde el principio, pero, lamentablemente, la realidad es como la describo. Es lo que vi y viví. He visto innumerables veces a Figari explayarse en elogios al SCV frente a muchos cardenales y obispos, “dorar” el plomo para que parezca oro, y qué decir de lo que decía frente a sus sirvientes. No podía ser de otra manera, el narcisista considera extraordinaria su obra y se regodea en la “perfección” de su creación, pues es ahí donde encuentra el sentido de su vida, en SU creación y no en EL Creador.

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